CHARLES JEFFREY es un aquelarre punk para FW26
- Redacción Folie

- 26 ene
- 2 Min. de lectura
Charles Jeffrey no presentó una colección. Invocó una escena. Para Fall/Winter 2026, LOVERBOY dinamitó el formato pasarela y transformó Dover Street Market Paris en un ritual pagano-punk con energía de club nocturno, pintura fresca en las paredes y estética de sótano londinense elevado a catedral queer.
Durante cinco días, Jeffrey pintó a mano el espacio como si estuviera preparando un altar rave. El resultado: un ecosistema sensorial donde sonido, ropa y política emocional colisionaron bajo un mismo concepto —“THISTLE”— una oda al cardo escocés como símbolo de defensa, resiliencia y belleza que pincha. Nacionalismo, sí, pero queerificado. Identidad, sí, pero mutante.
Acompañado por el directo abrasivo de Baby’s Berserk, el show se desarrolló más como una fiesta ritual que como una presentación de moda. Aquí no había perfección. Había risa, rechazo, cuidado, desorden. Había cuerpo.
La colección es un caos cuidadosamente editado entre romanticismo escocés y siluetas ochenteras glitchadas. Tartanes desgarrados se superponen a cuerpos en reloj de arena; trajes oversize se suturan como criaturas Frankenstein; mangas se anudan como fajas; vestidos se inflan, se rizan, se desobedecen. Las texturas compiten: lana contra tul, crochet contra tailoring, punk contra folklore. El resultado no es nostalgia: es sabotaje histórico con glitter espiritual.
Los accesorios vuelven a ser el corazón mutante de LOVERBOY. Regresan las banana shoes y las claw boots, ahora en versiones más grandes, más raras, más irreales. Se suman bolsos crochet en forma de animales, beanies diseccionados y un arsenal de knitwear que va desde lunares de setas hasta Fair Isle verde ácido.
Para Jeffrey, FW26 no es solo una temporada: es un manifiesto. Una limpieza de narrativa para enfocar el ADN de la marca sin domesticarlo. “LOVERBOY seguirá siendo un espacio de protección,” declaró. “Para los raros, hecho por los raros”.





















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