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JACOB ELORDI & ALISON OLIVER se vuelven salvajes en WUTHERING HEIGHTS

Si alguien esperaba una adaptación contenida, romántica y respetuosa, claramente no conoce a Emerald Fennell. En el tercer acto, Wuthering Heights deja de susurrar y empieza a arañar. Lo que parecía una historia gótica de amor obsesivo muta en algo incómodo, erótico y peligrosamente descompuesto. El punto de no retorno: la ya viral escena del collar.

 


Cuando Nelly (Hong Chau) llega a la mansión, no encuentra un matrimonio infeliz. Encuentra a Isabella (Alison Oliver) a cuatro patas, encadenada a la chimenea, jadeando, con un collar al cuello. Es perturbador. Es teatral. Es hipnótico. No sabes si apartar la mirada o acercarte más. Y según Jacob Elordi, fue “divertidísimo” rodarlo.

 

En la novela original, Heathcliff mata al perro de Isabella. Aquí, la violencia se transforma en símbolo. El control se vuelve performance. La humillación, ritual. El amor, una infección. El Heathcliff de Elordi ya no es el antihéroe romántico que suspira bajo la lluvia. Es obsesión en combustión lenta. Un hombre devorado por el deseo de Cathy, atrapado en una fantasía que se le pudre entre las manos.

 

Desde el lado de Isabella, Oliver construye algo igual de inquietante. No es simple sumisión. Es implosión. Años de represión estallando sin forma ni filtro. Fennell habría descrito al personaje como alguien tan infantilizada que, cuando por fin se libera, lo hace de manera caótica, sucia, desorganizada. Animal. No hay erotización limpia…hay desborde emocional.

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