Buscar
  • Paula Polizzotto

La violencia invisible: SLUT SHAMING y la normalización del acoso a la mujer en redes sociales


No resultaría fácil encontrar hoy en día alguna mujer que no se haya parado a pensar alguna vez si subir o no una foto a las redes sociales por miedo a “parecer demasiado provocativa”.


Demasiado escote, la falda muy corta, demasiado gorda, demasiado delgada… Ser mujer y exponerse, intimida. Por desgracia, el slut-shaming -una forma de ciberbullying sufrida sobre todo por las mujeres, en las que se las degrada o humilla por la forma en la que visten, por las medidas de su cuerpo y por su supuesto nivel de actividad sexual- es un estigma social presenciado por todos. Las mujeres crecemos en la certeza de que es necesario ser sexy para ser atractivas, aceptadas, y en el mejor de los casos, envidiadas, y que, obviamente, las opiniones de perfectos extraños definen nuestra autoestima. En la era Instagram es el mundo el que ha de convencernos de nuestro valor, y no nosotras mismas. Se nos anima a expresarnos sexualmente, pero cuando lo hacemos, corremos el riesgo de ser insultadas o acosadas -“be sexy but not slutty”, dicen en la cultura anglosajona-; roles contradictorios que confunden a la mujer sobre cómo ha de actuar para encajar en cada una de las piezas del puzzle social.


Me pregunto ahora, tras leer decenas de historias de mujeres que han sido acosadas por su aspecto físico, hasta dónde llega lo estéticamente correcto -si es que existe lo bueno y lo malo, o es la moral impuesta la que lo construye- y dónde comienza la etiqueta de vulgar, obscena o puta? Volviendo a la cuestión con la que inicio el artículo, un chico no se preguntaría esto. Jamás. Por tanto, existe en la sociedad una doble vara de medir para el cuerpo masculino y el femenino, que elogia al hombre por una foto sin camiseta, pero avergüenza a la mujer por enseñar demasiado escote. Por ejemplo los pechos, o más concretamente los pezones, están sexualizados por la cultura popular como una parte del cuerpo femenino que satisface la fantasía masculina, pero no tienen un papel inherentemente sexual. Pero no, al hombre no se lo llama puto por enseñar su pecho en Instagram. Somos nosotras las que tenemos que agradecer por subir una foto enseñando lo que nos dé la gana y no recibir por ello ningún comentario vejatorio. Además, recordemos que no es uno contra uno; responder a un acosador online es iniciar una conversación con otros miles de usuarios cargados de pequeñas pildoritas de odio.



LA CULPA TEMPRANA


Desde pequeñas, a las niñas se nos impone en el colegio un determinado dress code -basado en no enseñar demasiada piel- que ha de cumplirse para no ser penalizadas. El motivo, reprimir impulsos hormonales que puedan surgir en el sector masculino del aula. Aquí comienza la mujer a ser culpada de su propio acoso: la idea de que las chicas sean responsables de la reacción de los chicos o de que ellos no puedan controlar sus instintos, es una forma de culpabilizar a la víctima. Cuando un profesor regaña a una alumna por llevar la falda demasiado corta, está situando sobre ella el peso de un posible acoso o abuso sexual. Es decir, regañamos a las mujeres por ‘enseñar demasiado’, pero no decimos al hombre que aparte la mirada.


La cultura de las redes sociales insiste en hacernos creer a las mujeres que las opiniones negativas del mundo entero son nuestra responsabilidad. Además, si se trata de un personaje público, la mujer vive sometida a la lupa de los haters y a opiniones no pedidas. Así lo expresó la cantante Billie Eillish en su video Not My Responsability en 2020, tras recibir ese mismo año insultos en sus redes por ponerse un bañador que para algunos contradecía su idea de la no objetificación femenina -uno de ellos, del tipo: “¿cómo te atreves a defender la no sexualización llevando cosas como esta?”-. En el vídeo se enfrenta a sus haters y a aquellas personas que acosan en las redes sociales señalando aspectos de la mujer como su talla o el tamaño de sus pechos. El video concluye con ella preguntando “¿Está mi valor basado en tu percepción? ¿O tu opinión no es mi responsabilidad?” La estadounidense decidió desde que comenzara su carrera con apenas 14 años, no mostrar su cuerpo para evitar ser sexualizada o encasillada en el estereotipo tradicional de cantante femenina. Hoy ha hecho de su ropa holgada y llamativa sus señas de identidad; pero, ¿qué pasaría si un día Eilish comenzará a vestir de forma insinuante? ¿La dejaría la sociedad? ¿O por haber defendido ciertos ideales sobre la estética femenina ya no puede elegir salir de su carcasa y ser otra Billie?


UN PROBLEMA PERSONAL


En la era de las redes sociales el insulto y el acoso a la mujer se ha normalizado. En estas plataformas, que deberían servir como lugar de empoderamiento para la mujer, los sentimientos sobre la sexualidad o el nudismo -parcial- son encontrados. La misoginia digital existe y no solo porque los que la practican sean anónimos, se ha de subestimar su impacto social y emocional. Vivimos en una sociedad que normaliza la ridiculización de la mujer haciéndonos pensar que es natural recibir comentarios ofensivos, y que si no somos capaces de lidiar con ellos, es que no estamos preparadas para hacer frente a la exposición.

Bien, no es normal sembrar la misoginia y el odio, y no es normal culpar a la mujer por no cumplir con las expectativas de seres que encuentran placer haciendo daño detrás de un teclado.

Cualquier persona que circule con frecuencia por las redes sociales, habrá leído uno de sus mantras: “No alimentes a los trolls”, que significa no entrar en discusiones con personas que solo quieren generar caos. Frases como estas minimizan el impacto de los discursos dañinos en internet hacia la mujer y nos cargan con el peso de soportar una realidad que no nos corresponde. Porque la crítica solo es crítica cuando el que la verbaliza es, efectivamente, un crítico o un experto. Cualquier otra forma de comentario humillante es ciberbulling, y en algunos casos, psicopatía. Y peor aún, existe una etiqueta impuesta a aquellas mujeres que reaccionan contra este tipo de ataque: “eres demasiado sensible”. Es decir, la sensibilidad se presume en la sociedad como una debilidad y no como una forma empática de tratar con el mundo. Si nos afectan los comentarios de los demás es que “somos demasiado sensibles”. E incluso aunque una opinión negativa se exprese sin maldad, ¿hace falta realmente compartirla, si nadie la ha pedido?


Todos los seres humanos somos seres sexuales, a todos nos gusta gustar y seducir. Pero las redes sociales nos lo ponen difícil para ser nosotras mismas. Innecesariamente difícil; tanto, que parece que hemos de ser otras para no exponernos al juicio. Me pregunto qué clase de individuos está criando la sociedad, que algunas mujeres, sobre todo las de mayor exposición mediática, se encuentran con la necesidad de pedir por favor que las opiniones y críticas, aunque enmascaradas de ‘constructivas’, se las guarde cada uno en su bolsillo. Para 2022, propongo dejarnos a las mujeres y a nuestros cuerpos en paz, simplemente porque, como las opiniones, cada uno tenemos el nuestro, y aplicar la famosa frase de Jorge Luis Borges: “no hables si no vas a mejorar el silencio”.