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LYKKE LI: Existencialismo, resaca y dark glamour

El afterparty empieza cuando todo termina. Hay algo violentamente elegante en desaparecer y volver con otra piel. Lykke Li no regresa: muda. Se arranca la fantasía romántica, la tira al suelo y pisa encima con tacones invisibles. Cuatro años de silencio para entender que el amor no salva a nadie. Bienvenidos al después. The Afterparty llega el 8 de mayo y no viene a gustarte: viene a incomodarte.

 


“Estaba atrapada en una adicción al amor. Ahora estoy en mi era existencial”. Traducción: se acabó el delirio dulce. Ahora hay preguntas que arden. Ahora hay vacío, y es precioso. La narrativa se quiebra. El corazón ya no es protagonista, es un daño colateral.

 

Este disco no es una colección de canciones. Es una caída controlada. Nueve piezas que orbitan entre el hedonismo agotado, la mortalidad chic y ese nihilismo soft que se cuela cuando ya lo has probado todo y aún así no es suficiente. Aquí la belleza no es consuelo: es una forma de violencia lenta.

 

“Lucky Again” abre el juego como una pista de baile a las 5AM donde nadie recuerda por qué está ahí.. Es deseo en loop, es ganar-perder-volver a querer como si no hubieras aprendido nada. “Es samsara”, dice ella. Claro. La rueda sigue girando aunque te rompas dentro.

 

The Afterparty no es el final. Es el momento en el que te das cuenta de que nada tenía sentido… y aún así quieres otra ronda.

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