ZENDAYA redefine el amor moderno: menos fantasía, más verdad
- Redacción Folie

- hace 3 horas
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En plena promoción de The Drama junto a Robert Pattinson, Zendaya deja claro que su visión del amor ya no tiene nada que ver con la narrativa romántica que dominaba hace unos años. Hay menos espacio para la idealización y más para la lucidez. Menos tolerancia a las ambigüedades y más atención a lo esencial.
En la conversación, surge una pregunta aparentemente ligera: esas red flags que antes podían parecer incluso atractivas, casi encantadoras en su imperfección. Zendaya no entra en el juego. Su respuesta es directa, sin matices innecesarios. Con el tiempo, dice, una señal de alerta es exactamente eso: una advertencia. No hay ironía ni romanticismo posible cuando se trata de comportamientos que revelan falta de respeto, inconsistencia o ego.
Es un posicionamiento que habla de crecimiento, pero también de una generación que empieza a desmontar la narrativa del “puedo cambiarle” o del “en el fondo es buena persona”. Para Zendaya, el verdadero carácter no se demuestra en los momentos visibles, sino en aquellos que pasan desapercibidos. En su caso, hay un indicador claro: la relación con el equipo de trabajo. No basta con ser encantador frente a la cámara o con las figuras clave de una producción. Lo que realmente importa es cómo alguien trata a todas las personas a su alrededor, especialmente a aquellas que no ocupan el centro del foco.
Ahí es donde, según ella, se revela la autenticidad. El equipo técnico ve lo que el público no ve. Observa la actitud cuando la escena ha terminado, cuando desaparece la performance. Es en ese espacio donde se define la diferencia entre alguien genuinamente respetuoso y alguien que simplemente sabe desempeñar un papel.
La conversación se desplaza entonces hacia un terreno más íntimo, casi doméstico, pero igual de revelador. La relación con los animales. Para Zendaya, su perro no es un detalle menor, sino un filtro emocional sorprendentemente fiable. Hay algo en la manera en que los animales perciben la energía que, según ella, no falla. Si no hay conexión, si el rechazo es evidente, la duda se instala. No como superstición, sino como intuición.
En ese contexto, la figura de Tom Holland aparece de forma inevitable. No como anécdota romántica, sino como ejemplo práctico de esos estándares que Zendaya describe. La afinidad con su entorno, incluida su mascota, forma parte de ese equilibrio que parece definir su relación. Pero más allá de lo personal, lo que ella subraya es la dimensión profesional.
Entre ellos, describe una complicidad silenciosa, hecha de miradas compartidas y códigos que no necesitan explicación. Una forma de entenderse que trasciende lo evidente y que, quizá, es lo que define las relaciones contemporáneas más estables: menos grandilocuencia y más entendimiento.









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