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BAD BUNNY convirtió el HALFTIME del SUPER BOWL en la fiesta más icónica del año

La Super Bowl está diseñada para agradar. Bad Bunny decidió reprogramarlo.

 


El 6 de febrero, el artista puertorriqueño tomó el escenario del halftime show del Super Bowl LX y lo transformó en una experiencia con código propio: una casa abierta, una declaración estética y política, un gesto cultural imposible de neutralizar. No fue un espectáculo pensado para el consenso. Fue un acto de autor.

 

Arrancó con Tití Me Preguntó y, en segundos, el estadio dejó de parecer un templo del deporte para convertirse en un paisaje íntimo y reconocible. Puerto Rico estaba ahí: en los puestos de comida, en la licorería de esquina, en la barbería a medio corte, en los cuerpos en movimiento. Incluso en la presencia inesperada de luchadores españoles atravesando la escena como si el caos también pudiera coreografiarse.

 

Inspirado en su residencia de 2025, Bad Bunny trasladó su ya mítica casita al centro del espectáculo. Un espacio doméstico convertido en escenario global. La lógica era clara: aquí no hay espectadores, solo invitados.

 


Cuando llegaron Yo Perreo Sola y EoO, la escena se desbordó. Cardi B, Karol G, Pedro Pascal, Jessica Alba. Bailando sin protocolo, sin pedestal, sin el peso de la pose. No estaban ahí para ser vistos, sino para estar. La celebrity como presencia, no como cameo.

 


Sin aviso previo, la celebración mutó en boda. Una pareja cruzó el escenario y se casó en directo. Sin ironía. Sin subrayado. Como si el amor también pudiera ser parte del guion. Lady Gaga apareció como invitada inesperada, reinterpretando Die With a Smile en clave latina antes de sumarse al baile. La escena parecía una recepción de boda hipertrofiada: íntima, excesiva, perfectamente desbordada.

 


Más adelante, Ricky Martin ocupó una recreación del universo visual de Debí Tirar Más Fotos para interpretar LO QUE LE PASÓ A HAWAii. Una pausa emocional cargada de crítica sobre desplazamiento, identidad y pérdida. En medio del espectáculo, la herida seguía abierta.

 

Bad Bunny no cerró con neutralidad. Cerró con mensaje. Nombró cada país del continente, gritó “God Bless America” y dejó una frase flotando sobre el estadio:

“Lo único más poderoso que el odio es el amor.”

 

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