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CARTA DEL DIRECTOR: El niño que se creyó invencible

Hay algo en la retórica de los discursos públicos que siempre me ha atraído. Los dobles sentidos, el porqué del léxico utilizado y el poder de la palabra elegida.

Por más que he diseccionado el tan comentado “pico” que ha dado la vuelta al mundo junto al posterior discurso final del ya ex presidente de la RFEF, Luis Rubiales, no logro llegar a entender como una persona se puede ver impune ante una avalancha de contrariedad colectiva.


No voy a entrar a debatir si estamos ante un caso de acoso laboral, sexual y otro tanto moral. No hay debate. Porque al tan solo abrir a la dialéctica siempre habrá unos pocos que con el fin de generar enfrentamiento harán que perdamos el foco de la intrahistoria y de quién es realmente la víctima. Jennifer Hermoso estamos contigo. Se acabó.


Pero volvamos al discurso. A ese en el que la decencia humana baja a los infiernos con el fin de salvar un sillón, donde con la palabra se juega con las medias verdades, con las mentiras y con el poder. Se ofrecen puestos sin ton ni son y se espera un aplauso hipócrita. Un aplauso de un rebaño que no se ha dado cuenta de que están en un circo romano venido a menos. Un circo al que ya han cortado la cabeza del emperador. Y con razón. Porque ese emperador circense o niño que se percibe contrario a los eunucos juega con la victimización del culpable y daña aún más a las víctimas que no son otras que todos los españoles.


Y ahí vuelve a estar en el centro de la polémica la eterna bandera. Porque ahí están unos cuantos que la agitan mientras acusan de feminismo radical a todas aquellas personas que no comulgamos con la misoginia y el machismo. Debe ser herencia y lacra social que no nos quitamos ni con agua hirviendo. Porque la impunidad de un niño grande que desde el púlpito crea realidades paralelas es tal. Y da de un opio antifeminista a una manada social enfurecida porque ya no se siente tan privilegiada. Luego nos sorprende que seamos el hazmerreír del globo terráqueo, pero es que el problema es nuestro. Jamás deberíamos haber amamantado a Remo, deberíamos haber sido un Rómulo caído en gracia que gobernase en base a la igualdad, el respeto y la integridad.


Aunque ese no es el único problema. ¿Muerto el perro desapareció la rabia? Nada más lejos de la realidad. Ahora veremos cómo se alzan espadas y escudos como movimiento contrario a la defensa de los derechos humanos. Y lo harán los mismos. Esos que critican el uso de la bandera del arcoíris en el mes de orgullo LGTBIQ+ o de aquellos que se dedican a colgar carteles con una basura mediante. De este modo pretenden radicalizar a las nuevas masas, refrescar a las caducas que se vivía “mejor” (para unos pocos) antes de cualquier democracia con el fin de preparar para una batalla que algunos ya alientan. ¿El problema? El mismo de siempre. La educación o la falta de ella. ¿La solución? Pensábamos que ya existía. Creíamos que habíamos avanzado en derechos y libertades sociales, pero es que ante cualquier antídoto siempre hay un veneno clavándose en nuestra piel. Una que ya luce costra de tanto supurar.


Tan solo pido desde aquí que de ahora en adelante no nos dejemos intimidar por las altas esferas sin formación, desinformadas y cuyo músculo pensante reside en la entrepierna. Que seamos libres de luchar contra el fuerte defendiendo al débil. Por qué no hay una sola Jennifer Hermoso, en esta patria se cuentan por miles.

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